Temas: Hno.Pascual Pérez, H.Ch. A la izquierda de la pantalla aparece el listado
de los temas. Haga un "CLICK"
El Señor lo Permitió sobre el tratado que le interesa leer.
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch
En la tercera semana del mes de junio de 2007 me sentía muy mal de salud pero no entendía lo que pasaba. Lo relacionaba con mi condición de Siringomielia y Ependimoma que me viene atormentando por muchos años. Me dieron episodios de fiebre con escalofrío, perdí el apetito y por consecuencia de ello me bajó la hemoglobina demasiado. Me fui quedando sin fuerzas, al extremo que no podía valerme por mí mismo. No me cabe la menor duda que detrás de todo estaba la mano de Dios. Como dice en la carta a los Romanos, “También sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que le aman, a los que él ha llamado según su voluntad” (Romanos 8,28). Preocupados por el cambio en mi salud, mi hijo y su esposa deciden hacerme unos laboratorios de sangre y orina. Estos reflejaban los cambios en las plaquetas y una fuerte infección de orina. Consultaron con el doctor, quien me ordenó tomar un antibiótico por cinco días. Pasado los cuatro días mi nuera me repitió los laboratorios y, a pesar del antibiótico, la infección estaba demasiado fuerte. Consultaron con el médico quien ordenó que me llevaran, preferiblemente, al Hospital de la Concepción en San Germán.
¿Cuál es el mensaje que pretendo llevar cuando hago este relato y que puede ser como un testimonio? En primer lugar, a todo esto, yo no creía que estaba tan grave o al punto de la muerte. Pero la realidad era que si dejaba pasar un par de días me iba a dar una septicemia que me llevaría a la muerte. La inquietud de mi hijo y su esposa fueron la mano de Dios obrando. La decisión del Dr. Rodríguez Ramos de hospitalizarme inmediatamente se puede llamar también, la mano de Dios obrando. Y la diligente forma de trabajar los médicos y enfermeras del Hospital de la Concepción fue también la mano de Dios obrando. Todo parecía engranar a la perfección.
Ya en el hospital, me dijo el médico encargado de mi caso que estaría de diez a catorce días con antibiótico por vena y que me harían otros estudios diferentes. Descubrieron que tenía una infección tan fuerte que me pudo haber afectado los riñones.
En mi estadía en el Hospital de la Concepción recibí muchos favores del Señor que no puedo olvidar. Mis hijas se quedaron conmigo de día y de noche se quedaban mi hijo y mis yernos. Todos los días recibía la Sagrada Comunión de manos de una religiosa que trabajaba en el hospital. Me fue administrado el Sacramento de la Unción de los enfermos. Para que viera, mejor aún la mano de Dios obrando en todo esto, cuando me cambiaron a otro cuarto, me tocó al lado de una ventana que daba hacia una hermosa vista del Monte del Estado en el cuarto piso. Desde allí podía disfrutar de un bello paisaje que me hablaba del Creador en todo momento. Me sentía muy cerca del Señor. Cuando miraba tanta belleza me sentía inspirado para alabar y bendecir al Señor por todo aquello y por lo que me había sucedido, un nuevo problema de salud. Pero tengo por seguro que mi Señor merece alabanza en la salud y en la enfermedad, en las buenas y en las malas. El sabrá porqué lo ha permitido. Pude contemplar su mano amorosa de diferentes maneras. Desde allí comencé a escribir este artículo que pude terminar seis meses después cuando me sentía un poco recuperado y tanto la infección como la bacteria habían desaparecido.
A A los diez días le dice el doctor a mi hijo que me podía regresar a casa, seguir el tratamiento y mucho descanso. Todo esto me lleva a pensar en aquellas frases bíblicas que nos estimulan a poner toda nuestra confianza en el Señor: “no se mueve una hoja del árbol sin el permiso de Dios”; y aquella otra: “hasta los vellos de la cabeza están contados.” Como dice el salmista en el Salmo 150, todo el que respire alabe al Señor, por eso seamos esa alabanza viva en el dolor, el sufrimiento y en las alegrías para que su nombre sea glorificado por siempre. Quiero concluir este mensaje-testimonio con unas palabras, también del salmista: “Reyes de la tierra, pueblos todos, príncipes, jueces de la tierra, jóvenes y niñas, ancianos y niños. Todos alaben el nombre del Señor. Sólo su nombre es grande” (Salmo 148). Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch
Si Dios nos creó para vivir con El para siempre, lo más loable y lógico es que nos empeñemos en lograrlo desde ahora y en esta vida corta y fugaz en la que pululamos por este mundo. Jesús ha puesto mucho empeño para que logremos esa meta y para ello nos dejó su Palabra, la oración, los sacramentos y el Pan de Vida, la Eucaristía. Podríamos decir que para asegurarse de que lo logremos se quiso quedar, El mismo, para alimentarnos, darnos ánimo y fortalecernos en este caminar.
Por otro lado vemos la realidad de sus discípulos de manera particular en San Pedro. Nos relata el evangelio que Pedro salió a pescar pero regresó con las manos vacías. Caminó sobre las aguas pero no avanzó mucho. Prometió permanecer junto a Jesús pero negó siquiera haberlo conocido. Una cosa muy diferente es lo que nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles. Nos encontramos con un Pedro totalmente cambiado. Un hombre lleno de fe y sabiduría, que vive al impulso del poder de Dios. Todo esto es el resultado del cambio que produce el Señor en nosotros si estamos unidos a El. Es el hombre nuevo que Jesús pone en nosotros. Por El podemos hacer cosas grandes y milagrosas y como bien nos dijo, hasta cosas mayores de las que El hizo.
Quizás nos preguntamos, creo que con sobrada razón, ¿qué fue lo que cambió al Pedro de las buenas intenciones, pero con pocos aciertos, al Pedro de la fe sobrenatural y las obras milagrosas? Sin lugar a dudas que lo podemos encontrar en los Hechos de los Apóstoles. Fue el poder de Pentecostés, el que está hoy al alcance de todo el que desee recibirlo. Por eso es tan importante vivir unidos a Cristo actuando bajo el poder del Espíritu Santo. Si permanecemos unidos a El lograremos realizar las mismas cosas que Jesús hizo y mayores aún como él mismo nos ha dicho. Jesús dijo claramente que su apostolado de predicación y curación continuaría aún después de su ascensión al cielo. Vemos que prometió a sus discípulos y a los creyentes el poder de realizar prodigios, curar a los enfermos y expulsar demonios. "El que crea y se bautice se salvará. El que no crea se condenará. Y estas señales acompañarán a los que crean en mi nombre: echarán los espíritus malos, hablarán en nuevas lenguas, tomarán con sus manos las serpientes y si beben algún veneno no les hará ningún daño. Pondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán" (Marcos 16:17-18).
Debemos recordar que es un hecho real que todo lo que Jesús dijo e hizo cuando vivió en la tierra, continúa haciéndolo ahora a través de su Iglesia, por medio de su Cuerpo Místico. Jesús realiza su misión por medio de cada uno de los bautizados en su muerte y resurrección. Pero no podemos olvidar que para lograrlo tenemos que ser amigos de Jesús y eso lo lograremos cumpliendo y viviendo según su Palabra, según su divina voluntad. "Ustedes son mis amigos si cumplen lo que les he mandado" (Juan 15:14).
Reiteradamente nos recuerda el Señor y nos invita a renovarnos a un plano superior por la fuerza de su Santo Espíritu que El da a los que lo aman y le obedecen. "Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos, Y yo rogaré al Padre Y les dará otro Defensor que permanecerá siempre con ustedes" (Juan 14:15-16). Por nosotros mismos, somos absolutamente incapaces de conocer a Dios. Podemos aprender algo acerca de Cristo, pero sólo por medio del Espíritu podemos conocer a Jesús. "Pero cuando él venga, El Espíritu de la verdad, los instruirá a la verdad total" (Juan 16:13). Como nadie puede amar lo que no conoce, podemos creer acertadamente que son muchos los que no le conocen ni le aman si nos dejamos llevar por lo que vemos y escuchamos en nuestro diario vivir. Nos basta con mirar a nuestro alrededor, leer las noticias o por la radio y la televisión para darnos cuenta de esta triste realidad y lo que es peor, vemos cómo se agrava cada día que pasa. Por esta misma razón es que estamos obligados, todos los cristianos conscientes de ello, a orar diariamente y rogar a Dios por la conversión de los pobres pecadores; como bien lo ha indicado la Santísima Virgen en cada unas de sus apariciones. Asignémonos la tarea de orar y pedir por los que no le conocen, no le sirven y no le aman. Hagamos de estos cortos días unos más cortos aún pero porque nos desgastamos por el Señor caminando unidos a El con El y para que otros le conozcan y se salven. Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Son muchas las cosas que, en la sociedad en que vivimos, se podrían llamar contraproducentes a la luz del evangelio, porque distan mucho de las enseñanzas de Jesucristo. Por su consecuencia suceden injusticias, daños personales, y hasta comunitarios que también distan mucho de lo revelado en la Escritura. Un ejemplo de esto es cómo se trata a los pobres con desprecio y hasta se abusa de ellos dándole menos importancia, mientras a un rico se le considera de manera diferente. Nuestra sociedad, a estos niveles, la podríamos llamar contaminada o, peor aún, podrida. No creo que haga falta citar ningún ejemplo pues sólo tenemos que ver las noticias y leer los periódicos del país para darnos cuenta que, si se tiene riqueza y poder todo se resuelve con facilidad y, si se es pobre, el peso de la justicia le cae encima aunque sea inocente. Por supuesto, estamos generalizando y no siempre es así.
Jesús ha dicho que todos somos iguales y que no existe distinción de persona. Para El vale igual un rico que un pobre y para nosotros debe ser igual. Pero, lamentablemente, vemos a diario que no funciona así. Gran parte de la sociedad tiende a despreciar a los que sufren por ser menos privilegiados y por la misma razón son marginados. Por ser algo tan de moda, podemos incluir a los drogadictos que pululan por las calles y se encuentran en los semáforos con un vaso en las manos pidiendo la pesetita. Todos los seres humanos, por ser creados a imagen semejanza de Dios, merecen nuestro respeto y cariño; todos somos hermanos.
Pienso que en muchas ocasiones el menosprecio con que son tratados los pobres no concuerda con las enseñanzas de Jesús que leemos en el Nuevo Testamento. No podemos sacar de contexto algunas de las frases que, en el Libro Sagrado, hablan de prosperidad. Veamos algunos textos que pueden arrojar luz en esta enseñanza, como lo son Isaías 65: 13-14; Mateo 5:1-12; Lucas 16:19-31. Podemos ver que Lucas estaba bien convencido de que el apego a las riquezas impiden recibir las bendiciones del reino (Lucas 16:13-15). También nosotros lo podemos observar en nuestros días pues no son muchos los ricos millonarios y poderosos que viven según el evangelio, aunque no todos; y algunos que lo hacen dejando mucho que desear según se puede notar. Para los que poseen riquezas esta gran verdad del evangelio es esencial, ya que deberán demostrar la autenticidad de su entrega a Jesús compartiendo sus bienes para ayudar a los menos afortunados y más necesitados. Naturalmente, esto no ha de ser por un mero sentido de deber social, sino por amor a Cristo en ellos y por solidaridad fraterna. El problema consiste cuando el rico respeta y honra a Dios superficialmente y trata de obtener más riquezas sin importarle el dolor ajeno. Trata de obtener más tesoros, placeres y comodidades, aunque ello constituya explotar al pobre. Las personas mayores hemos visto la diferencia en el comportamiento de aquellos que, por ser favorecidos con bienes materiales, desprecian a los más pobres. Esto lo podemos apreciar aun en nuestra sociedad moderna y civilizada, aunque usted no lo crea.
Día tras día nos bombardean las noticias de lo que hacen los ricos y famosos, los poderosos y privilegiados; la sociedad nos incita a imitar a los que están dedicados a conseguir más dinero, fama e influencia. Pero nadie se acuerda de los pobres y débiles. Como tú y yo sabemos, esto es diametralmente opuesto a lo que Jesús nos enseñó. El vino al mundo sin pompa ni ceremonia, sino indefenso y humilde, desprovisto de todo, humanamente hablando, al extremo de escoger como cuna un maloliente pesebre.
Para Dios, ser pobre es renunciar a la autosuficiencia. Aquello que constituye el sostén de nuestra vida debe depender de una profunda relación con Jesús que nos da fortaleza y sabiduría. En el evangelio de San Marcos, cuando Jesús tiene a un niño frente a El, hace una declaración radical al identificarse con los débiles, los necesitados y los sencillos, diciendo que quien recibiera a un niño en su nombre lo recibía a El mismo. Ahora bien, ¿abrazarías tú a Cristo? Y lo harías aunque fuera pobre, enfermo de cáncer o infectado con sida? Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Por: Hno. Pascual Pérez, H.,Ch.
No cabe duda de que si alguien tenía razón para quejarse de Dios ése era Job porque él era un fiel servidor suyo. Se cuidaba de no hacer mal a nadie, un hombre de una vida recta y con santo temor de Dios. Sin embargo, las increíbles pruebas que leemos en su relato nos dejan perplejos. Para tener una idea de los diferentes tormentos y sufrimientos que padeció Job, nos basta con leer los primeros capítulos donde se nos presenta el dialogo de Satán con Dios. Este hombre temeroso de Dios experimenta la destrucción y peor aún, la pérdida de sus familiares. Pero el santo Job cae en tierra y, empezó a decir: "Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá volveré. Yavé me lo dio, Yavé me lo ha quitado, que su nombre sea bendito. En todo esto no pecó Job ni dijo nada insensato en contra de Dios" (Job 1:21-22).
Es interesante observar cómo hasta su propia esposa le dice que maldiga a Dios. "Entonces su esposa le dijo: ¿Todavía perseveras en tu fe? ¡Maldice a Dios y muérete! Pero él le dijo: Hablas como una tonta cualquiera. Si aceptamos de Dios lo bueno, ¿por qué no aceptamos también lo malo? En todo esto no pecó Job con sus palabras" (Job 2:9-10). Vemos que Dios puso a prueba la fidelidad de Job cuando le dio permiso a Satán para atormentarlo pero él, sin saberlo, invocó al Todopoderoso de todo corazón y le expresó sinceramente lo que sentía. En los Salmos se mencionan numerosos casos de personas que clamaron a Dios para que les salvara de sus enemigos.
Quiero resaltar la vivencia de Job en el mayor de los desprecios y sufrimientos. Aunque lo había perdido todo, hasta sus hijos y su mujer, él se mantiene firme. Por si esto fuera poco, pierde también la salud pero permanece fiel y no deja de acudir al Señor dándole gracias, aceptando su voluntad en las buenas y en las malas. Esa lección la debemos aprender los cristianos. Es muy lamentable cómo personas que, por haber perdido un ser querido o por haberse enfermado, maldicen a Dios con tanta facilidad y sin ningún reparo o escrúpulo. Se nos olvida que Dios nos creó, que somos de su propiedad y si permite que nos suceda algo a pesar de nosotros estar tratando de vivir en su presencia y su gracia, sólo nos resta, como Job, bendecir su Santo Nombre (cfr. Job 1:21).
Los salmistas sabían, como Job, que podían presentarse delante de Yahvé, sobre todo en sus angustias y necesidades y que el Señor no los rechazaría. Del mismo modo, el autor de la carta a los Hebreos alienta a sus lectores a acercarse al trono de Dios. El propio Jesús nos invita igualmente a acudir a su lado cuando nos sintamos cansados y atribulados para que nos dé descanso (cfr. Mateo 11:28).
Naturalmente, podemos pedir oración por cualquier intención particular que queramos y también la podemos presentar al grupo de intercesión de nuestra comunidad para que en su tiempo de reunión la presente al Señor. No podemos olvidar que Jesús ha dicho que donde hay dos o tres reunidos en su nombre allí esta él; el Señor quiere que oremos los unos por los otros. Como testimonio de esto en mi parroquia tenemos un grupo de intercesión que se reúne todas las semanas para interceder por las peticiones que nos hacen, entre las cuales están las muchas que nos llegan de todas partes del mundo vía e-mail, por Internet. Tenemos una página dedicada a promover este ministerio que pueden accesar en la siguiente dirección de Internet: http://www.prtc.net/~lamilagrosa y pueden escribirnos al correo electrónico o e-mail: radmilag@prtc.net.
Recuerdo que entre los asistentes a los retiros que anteriormente dábamos algunas personas se acercaban para pedirnos oración, porque según ellas, el Señor nos escuchaba mejor a nosotros que a ellas. Esto es totalmente incorrecto. Nosotros le orientábamos a que orasen con humildad y sinceridad, porque el Señor nos escucha a todos con amor paterno. Pero, que nos conceda lo que pedimos es otra cosa; como dice en su Palabra, El sabe lo que mejor nos conviene. Tenemos que recordar que Dios no espera a que seamos perfectos ni que tengamos grandes revelaciones antes de escuchar nuestras oraciones, sino que nos invita a hablarle francamente y decirle lo que nos acongoja. Quiere que digamos las cosas tal como las sentimos: heridas, inseguridades, temores, luchas interiores, miseria y pecado. Quizás no recibamos una respuesta inmediata pero, como Job, tendremos la certeza de que Dios es un Padre fiel, que siempre escucha nuestra oración. Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Por Hno. Pascual Pérez, H.Ch
.En algunos de mis temas anteriores he reseñado, aunque efímeramente, este punto tan importante en la vida de los cristianos. Por ser algo sumamente interesante quiero dedicarle un tema completo y estoy seguro de que no será suficiente. Espero ilustrar un poco esta realidad indispensable en nuestro caminar por esta vida. No dejemos que la rutina y las distracciones tomen control de nuestro tiempo.
En ocasiones mientras rezo con la Liturgia de las Horas o cuando hago la lectura diaria y encuentro la frase "en la presencia de Dios" me detengo a reflexionar en lo sublime y maravilloso que debe ser vivir eternamente en su presencia. Por eso insisto que debemos empezar en esta vida tratando de estar en su presencia en cada uno de nuestros actos sin importar lo que estemos haciendo. No hagamos excepciones, todo tiene que estar dirigido a agradar al Señor desde lo más pequeño hasta lo más grande. Que el tratar de estar en su presencia nos sirva de ensayo para cuando lleguemos a la patria celestial, la disfrutemos total y eternamente.
Son muchos los cristianos que han hecho suya esta idea y los resultados los tenemos en el santoral de la Iglesia, sabemos que hay tantos en el cielo cantando con los coros angélicos las alabanzas al Señor. Viven en su santa y divina presencia para siempre. Recordemos que el camino se hace caminando y no podemos pretender llegar a la vida eterna para vivir en la presencia del Señor sin esforzarnos desde ahora para lograrlo. El Señor nos enseña en su Palabra que para entrar a la vida eterna tenemos que luchar mucho y ser perseverantes hasta el fin.
Creo que está más que evidenciado en la Historia de la Iglesia que nos presenta una lista interminable de hombres y mujeres que lo han logrado. No son la excepción aquellos que, auque no están canonizados, vivieron esa comunión con el Señor. Podemos incluir, entre ellos, a unos cuantos puertorriqueños que sabemos fueron unos titanes en la búsqueda del Señor. Como San Andrés, que llevó a su hermano Pedro para que conociera al Señor, han logrado mucho por el bienestar de nuestros hermanos en las comunidades religiosas y laicales.
Lamentablemente hay otros tantos que no se preocupan o, debiera decir, no se ocupan de vivir sabiendo que de Dios no nos podemos esconder ni ocultarle absolutamente nada; que de su alcance no podemos esquivarnos. Como dice en su Palabra lo ve todo y sus pupilas están sobre nosotros. "De lo alto del cielo ve el Señor, mira a todos los hijos de los hombres; del lugar donde vive está observando a todos los que habitan en la tierra; él, que formó sus corazones, el, que escudriña todas sus acciones" (Salmo 32:13-15). Para que no se nos olvide y tomemos conciencia de que Dios lo ve todo, que observa todas nuestras acciones no importa cuan ocultas puedan ser, el salmista nos vuelve a recalcar sobre esa realidad: "Los ojos del Señor están mirando a los que lo respetan y ponen su esperanza en su bondad: para arrancar sus vida de la muerte y darle de comer en tiempo de hambre" (Salmo 32:18-19).
Para todos aquellos que creen poderse escapar de la mirada de Dios y pasar por esta vida como desapercibidos, les tengo una sugerencia: mejor sería que reevalúes esa postura y forma de pensar, pues nada hay oculto para Dios ni siquiera nuestros pensamientos. Dios lo abarca todo en todo, nada se escapa de sus manos. Otro consejito que tengo para mis hermanos es el siguiente: Dios siempre ha resistido a los arrogantes y ha favorecido a los humildes. Lo han corroborado aquellos que han aprendido a confiar en sus enseñanzas, su ayuda y su gracia. Todos pueden afirmar que no hay felicidad más grande que reconocer y experimentar la presencia de Dios, saber que es tierno y compasivo y que quiere establecer una relación directa y personal con cada uno de nosotros.
Todos sabemos que Dios está presente en su Palabra, en las enseñanzas de la Iglesia, en la Eucaristía y en los Sacramentos pero también lo está muy dentro de nosotros. El quiere que lo conozcamos y le demos entrada en nuestro corazón. Quiere que cuando toque a nuestra puerta le abramos y lo dejemos entrar para tomar parte activa en los trabajos que hemos de realizar en todos los aspectos de nuestra vida. Sobre todo quiere formar su imagen en nosotros que, como he mencionado en otros temas, la habíamos perdido por el pecado y El quiere restaurarla.
Los que aprenden a vivir en la presencia del Señor son pequeños, sencillos, sin ambiciones y no buscan honores ni grandezas porque el Señor lo es todo para ellos. Aunque tengan mucha preparación y hayan obtenido grandes títulos se mantienen humildes como lo fue nuestro gran papa Juan Pablo II. Me parece interesante cuando Jesús llama a sus apóstoles "pequeños y sencillos" en el evangelio de San Lucas porque los ha de convertir en apóstoles diestros y sabios en las cosas de Dios. Ellos aprendieron a confiar en Jesús como un bebé confía en su madre y El los moldeó a su forma de pensar y actuar. Dejémonos moldear por el Señor. Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Por: Hno. Pascual Pérez. H.Ch
.A todos nos complace y nos llena de alegría cuando se nos invita para una boda y en particular si esta es de un familiar o de un amigo muy querido. Me imagino que Jesús y su madre María asistieron con gran alegría a la boda a que fueron invitados y deseosos de compartir con los novios y los comensales. Queda demostrado cuando Jesús, a petición de su madre, sale al encuentro de la necesidad suscitada inesperadamente. "El vino se acabó y la madre de Jesús le dijo: "No tienen vino", Jesús respondió: Mujer, tú no piensas como yo: todavía no ha llegado mi hora". Su madre dijo a los sirvientes: "Hagan todo lo que El les mande" (Juan 2:3-5). Sabemos que todo lo que Dios hace lo hace bien y la prueba de ello en este caso es clara. También podemos ver la compasión del Señor ante la necesidad del ser humano. Veámoslo en el siguiente versículo del relato sobre las bodas a las que Jesús y su madre fueron invitados. "Y le dijo: Todo el mundo pone al principio el vino mejor, y cuando todos han bebido bastante, se sirve el vino inferior; pero tú has dejado el mejor vino para el final" (Juan 2:10).
En este tema quiero poner especial énfasis en las bodas del Cordero. "Escribe: felices los que han sido invitados a las bodas del Cordero. Y añadió: estas son palabras verdaderas de Dios" (Apocalipsis 19:9). De eso es que se trata, de unas bodas, relación, intimidad y señorío de Jesús con nosotros porque para eso vino a derramar su Sangre Preciosa para que vivamos el banquete de bodas desde ahora y por toda la eternidad. A esta Boda estamos invitados todos sin distinción de persona y fue Jesús quien vino a invitarnos porque se nos había quitado este derecho a causa del pecado. Cuando digo que se nos había quitado, estoy afirmando que esa invitación la teníamos en un momento dado, desde el paraíso terrenal. Claro, Dios nos creó puros y limpios de pecado. Por lo cual podíamos entrar a las bodas del Cordero pues teníamos el traje de gala, la gracia de Dios.
La invitación a pertenecer y vivir dentro de la Iglesia es para nosotros un anticipo a las bodas eternas en la casa del Padre. Por su gran misericordia Dios ha invitado a todos los pueblos al banquete divino de la boda de su Hijo con la Iglesia. El profeta Isaías nos lo recuerda cuando dice: "Yavé de los Ejércitos preparará para todos los pueblos, en este cerro, una comida con jugosos asados y buenos vinos, un banquete de carne y vino escogidos" (Isaías 25:6). Nos relata el evangelista San Mateo que al banquete de bodas todos eran invitados, un festejo del que no se excluye a nadie. "Los criados salieron inmediatamente a los caminos y reunieron a todos los que hallaron, malos y buenos, de modo que la sala quedó llena de invitados" (Mateo 22:10). Como podemos ver tanto el profeta Isaías como San Mateo concuerdan en lo mismo, el Señor no hace excepción de persona. El Señor no invita, exclusivamente, a ricos y poderosos o a los personajes importantes de la sociedad sino a todos por igual.
Todos debemos ir al banquete de bodas con nuestro traje de gala, la gracia santificante que se nos dio en el bautismo y si en algún momento la perdimos por culpa el pecado, estamos llamados a recuperarla por la reconciliación. No seamos como aquellos invitados de que nos habla San Mateo que aunque fueron invitados no fueron al banquete. La sentencia que relata el evangelista suena un poco fuerte. "Amárenlo de pies y mano y échenlo a las tinieblas, donde no hay sino llanto y desesperación" (Mateo 22:13). En el banquete eucarístico, del que hablo en mi tema "Pan del Cielo", todos estamos invitados a saborear el inmenso amor de Dios que nos debe entusiasmar a tener parte en el banquete celestial venidero.
El Señor ha prometido llevar a sus fieles seguidores a una morada eterna en el cielo, en la casa del Padre. Si pudiésemos entender lo glorioso y maravillo de ese "lugar" (estado) y la magnificencia del esplendor de Dios que hay allí, seríamos capaces de despojarnos de todas las preocupaciones que en la vida acaparan nuestra atención. Se nos olvida el anticipo que nos dio Jesús en la Transfiguración, tema que publiqué hace poco, en el que abundo sobre este maravilloso acontecimiento.
El Nuevo Testamento nos exhorta, frecuentemente, a elevar el ser interior al reino celestial. Quiero que lo vean por ustedes mismos como es que lo relata el libro a los Colosenses. "Así pues, si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde se encuentra Cristo sentado a la derecha de Dios; piensen en las cosas de arriba, no en las de la tierra" (Colosenses 3: 1-2). Para eso, para disfrutar del banquete que nos tiene preparado el Padre fuimos creados, no lo echemos a perder. Con razón cantaba el salmista y que también hemos convertido en una canción muy popular: "Que alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor" (Salmo 121, 1). Mucho más claro aún lo dice el mismo Jesús: "En la casa de mi Padre hay muchas mansiones;…Después que yo haya ido a prepararles un lugar, volveré a buscarlos para que donde yo estoy, estén también ustedes" (Juan 14:2-3). Y por si nos queda algo de duda nos dice en el versículo seis: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí". Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch
.En muchas ocasiones hemos escuchado, de parte de algunos sectores religiosos anunciar el fin del mundo. Por algunos medios hemos oído decir que el fin será en el tiempo por ellos indicado, año en que, según sus cálculos astrológicos, se dará el acontecimiento. Otros se mantienen anunciando que el Señor viene pronto y que para prevenirlos tienen que afiliarse a su iglesia. Cuando escuchamos decir que algo se avecina "pronto" entendemos que sucederá en un tiempo relativamente corto y aunque sabemos que Dios es el eterno presente, no nos ha anunciado la fecha de la venida de su Hijo de igual manera de como ascendió al cielo. A la verdad que no sé que más vamos a escuchar sobre esto, que según el Señor Jesucristo, sólo lo sabe el Padre.
Hace algún tiempo que se viene anunciando que el mundo se acabará para el 2011, según unos cálculos astrológicos. Yo me pregunto a quién le tenemos que creer, si a los que aseguran cuándo será el fin del mundo o a Jesucristo. Hasta el presente todas las predicciones del fin del mundo por todos los que lo han intentado predecir han sido equivocadas.
Otra cosa muy diferente es el fin de nuestros días en esta tierra que, aunque duremos muchos años, no serán tantos. De eso sí que tenemos que estar muy pendiente y no dejar que se nos acabe el tiempo sin prepararnos para el encuentro con el Señor. A esa venida del Señor tan inminente tenemos que darle la importancia que merece, pues de ella depende nuestra eterna salud. Como nos enseña el salmista, la vida o el paso por este mundo será de muy corta duración, por eso tenemos que tomarlo en serio. "Llegamos hasta los setenta años, y hasta los ochenta, si somos robustos. La mayor parte de ellos son pena y trabajo, pasan rápidamente y nosotros también en rápido vuelo" (Salmo 89: 6-8). No más con el testigo, dirán algunos. Por esa misma razón nos dice el salmista: "Tú que habitas al amparo del Altísimo, a la sombra del Todopoderoso. Dile al Señor: mi amparo, mi refugio en ti, mi Dios, yo pongo mi confianza" (Salmo 90:1).
La clave está en tener un corazón sensato, como nos aconseja el salmista, que nos conduzca a vivir según la voluntad de Dios. Por eso he querido enfocar mis ideas en la actitud que debemos asumir los cristianos con respecto a la segunda venida del Señor. El evangelio ha sido bien claro en la manera que nos aconseja sobre este particular. Precisamente, San Mateo hace mención de ello y me parece que con esto nos debería bastar para darle la importancia que tiene. Quiero entresacar del mencionado evangelista algunos puntos que, a mi parecer, son fundamentales. Estando Jesús en el cerro de los Olivos los discípulos le preguntaron: "Dinos, ¿cuándo tendrá lugar todo esto? Jesús les contestó: "Tengan cuidado que nadie los engañe. "Porque muchos se presentarán como "El Salvador" y dirán: Yo soy el Cristo, engañarán a muchos", "Aparecerá gran cantidad de falsos profetas, que engañarán a muchos. Y habrá tanta maldad, que en muchos el amor se enfriará. Pero el que persevere hasta el fin, ese se salvará", "Porque habrá tiempos de angustia como no ha habido desde el principio del mundo, ni habrá nunca después". Creo que es muy importante citar el punto clave de lo que vengo hablando en todo este tema. "En cuanto se refiere al día y a la hora, no lo sabe nadie, ni los ángeles de Dios, ni siquiera el Hijo, sino sólo el Padre", "Por eso, estén ustedes prevenidos, porque no saben qué día vendrá su Señor" (Mateo 24: 3-4,11-13, 21, 36, 42).
Vemos que los discípulos estaban interesados en saber la hora, el día y el año en que ocurriría el fin y tal parece que nosotros somos iguales. Pero ante las expresiones de Jesús, será mejor estar pendiente a los signos de los tiempos, seguir sus consejos y estar preparados. Hagamos lo que tenemos que hacer y hagámoslo bien para que seamos agradables a Dios en todo y no estemos pendientes cuando será el fin. Seamos justos y compasivos y vivamos el amor que es el más importante de los mandatos del Señor. Ocuparse de los pobres y necesitados sería el complemento principal que más le agrada a Dios. De esto tenemos muchos y muy buenos ejemplos en la vida de la Iglesia pero de forma particular el de una mujer de nuestros tiempos, la Beata Madre Teresa de Calcuta.
No cabe duda de que esta es la forma en que Jesús quiere que nos preocupemos para el futuro, para el día final. Si tomamos una actitud correcta siguiendo los consejos que nos da la Escritura, no tenemos de qué ni porqué preocuparnos. Esto es lo que Madre Teresa de Calcuta hacía ocupándose de los amados por Jesús, de sus más pequeños y abandonados de aquellos que no le podían retribuir nada. A ella no le preocupaba si el Señor venía pues de El se estaba ocupando cuando lo hacía con aquellos, los marginados, los abandonados, los que no tenían de comer ni dónde dormir. Los seres humanos de este tiempo y peor aún muchos de los cristianos a nuestro alrededor parece que no entienden eso.
Tal parece que la mayor preocupación se centraliza en saber cuándo vendrá el Señor para entonces prepararse antes de su venida. En otras palabras, aprovechar el tiempo corto que tenemos en esta vida para gozarla y al final buscar del Señor. Esto me parece totalmente absurdo y recordemos que a nadie el Señor le ha prometido dejarle saber cuándo le pedirá cuenta de su vida. Por eso me reafirmo en que el cambiar de actitud, dejar el pecado y buscar la santidad no tiene tiempo de espera. Todo y mucho más de lo que yo les pueda decir lo podemos leer en el evangelio de San Lucas en el capítulo 12, pero sólo quiero hacer referencia a un versículo en particular. "Y me dije: Alma mía, tienes muchas cosas almacenadas para muchos años; come, bebe, pásalo bien". Pero Dios le dijo: "Necio, esta misma noche te van a pedir el alma" (Lucas 12:19-20).
Conclusión sensata: no nos preocupemos tanto por las cosas que pasan, que se acaban y que tal vez nos puedan obstaculizar nuestro caminar hacia la vida eterna o quién sabe, el perderla para siempre. Sigamos el consejo del Señor y estemos vigilantes y preparados porque el Señor viene a la hora menos pensada y quiere daros el beso de la paz. Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
El pan siempre ha sido el ingrediente principal en toda mesa lista para la cena. Podemos llamarlo un don de Dios que no puede faltar en nuestra alimentación. Dios alimentó a su pueblo escogido dándole un misterioso "Pan del Cielo" al que conocemos como maná. (Éxodo 16). Siglos más tarde Jesús enseña a sus discípulos a orar indicándoles cómo había de hacerlo y les enseña la oración por excelencia, el Padre Nuestro, oración en la que pedimos al Señor que nos de el pan de cada día: "danos hoy nuestro pan de cada día" (Mateo 16:11). Jesús da de comer a la multitud reunida escuchándole predicar, hace el milagro de multiplicar cinco panes y dos peces, con los cuales da de comer a toda aquella gente que allí estaba.
Veamos este hermoso relato que podemos comparar con el milagro que a diario se realiza en la Eucaristía. En una ocasión Jesús predicaba a una multitud y como se hizo un poco tarde tuvo compasión de ellos y le dice a sus discípulos que le dieran de comer. Ellos no tenían con qué darle de comer a tanta gente. Sólo había entre la multitud un joven que tenía cinco panes y dos peces que apenas daba para alimentar a tanta gente. Pero Jesús le dice a sus discípulos que se los trajesen y después de bendecidos se los entrega para que lo repartan a la multitud y comieron todos hasta la saciedad y sobraron 12 cestas. Podemos leer todo este maravilloso acontecimiento en el evangelio de San Mateo 14: 13-21.
Vemos en este relato evangélico la compasión de Jesús ante la necesidad humana. La gente allí reunida tenía que alimentarse y no les era fácil encontrar de comer. Jesús se percata de ello y por eso manda a los discípulos a que le den de comer. Pero como dato interesante, el Señor sabía que para los discípulos era casi imposible dar de comer a tanta gente una vez que no tenían el alimento y el pueblo les quedaba lejos. Del mismo modo, Jesús sabía la necesidad de alimento espiritual que tendrían los hombres y por eso quiere quedarse con nosotros como alimento no perecedero, el Pan de Vida, su propio Cuerpo y Sangre. No cabe la menor duda de que aquella multiplicación de panes tendría la mirada futura en la multiplicación Eucarística que se realizaría en todos los altares del mundo. Jesús se adelanta a la necesidad de los hombres y mujeres de siglos posteriores de alimentarse espiritualmente para combatir la concupiscencia, tendencia y batalla interior a causa del pecado.
Vemos como en la Santa Misa el sacerdote dice las mismas palabras que dijo Jesús en la última cena. "Tomen y coman, este es mi cuerpo" (Mateo 26:26), "y tomando una copa de vino en sus manos dice: Beban todos, porque esta es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por mucha gente para el perdón de los pecados" (Mateo 2 6:27-28). En el banquete de la Eucaristía, entramos en comunión directa y personal con el Señor, razón por la cual debemos de añorar la gran esperanza de su pleno cumplimiento en la eternidad. Como nos dice el autor del Apocalipsis, no tendremos necesidad de nada de lo que ahora necesitamos para tener algo de felicidad, una vez que al participar plenamente del banquete de bodas, El sólo nos bastará. "Verán su rostro y llevarán su nombre sobre sus frentes. Ya no habrá noche. No necesitarán luz ni de lámparas ni del sol, porque el Señor Dios derramará su luz sobre ellos, y reinará por los siglos de los siglos" (Ap. 22:4-5). Aquí podría añadir las palabras de Santo Tomas de Aquino, quien nos asegura que el misterio de la Eucaristía reúne todo el misterio de la Salvación. Esta es la gran esperanza que debe animarnos en nuestro peregrinar por la vida. Sabemos que si nos alimentamos con el Cuerpo y Sangre del Señor dignamente aseguramos la plena comunión con el Padre en la vida eterna. Para eso fuimos creados.
San Pablo sostiene que es muy importante comer el Pan y beber de la Copa dignamente porque de lo contrario podemos comer y beber nuestra propia condenación. "Por esto, que cada uno examine su conciencia cuando va a comer del pan y beber de la copa. De otra manera, come y bebe su propia condenación al no reconocer el Cuerpo" (1ra de Corintios 11:28-29). Pienso que seríamos muy tontos si dejásemos perder la oportunidad que nos brinda el Señor. Con gran sabiduría y amor maternal la Iglesia pone a nuestra disposición el regalo más preciado que nos dejó el Señor, su Cuerpo y su Sangre. Así como el pan es un alimento que no puede faltar en nuestra mesa, de igual forma el Pan del Cielo tampoco puede faltar en nuestra vida como comunidad cristiana. No podemos vivir mal alimentados como comunidad de fe. Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Cuando el Señor nos dice en su Palabra que nuestro tesoro no está aquí en la tierra, en esta vida pasajera, es para que no pongamos nuestro corazón en las cosas de acá abajo, las de la vida temporal, sino que fijemos toda nuestra atención en las del cielo que será nuestra ciudad permanente. Lo leemos en la carta a los Hebreos, pasaje bíblico que he citado en muchos de mis temas. "Pues nosotros no tenemos aquí nuestra patria definitiva, sino que vamos buscando la futura" (Hebreos 13:14). Por esa misma razón la misma carta a los Hebreos nos aconseja vivir en santidad: "Procuren estar en paz con todos y progresen en la santidad, pues sin ella nadie verá al Señor" (Hebreos 12:14).
San Pedro, en su Segunda Carta, añade un pensamiento muy interesante que nos debe hacer reflexionar mucho más aún sobre este particular: "Nosotros esperamos según la promesa de Dios cielos nuevos y tierra nueva, un mundo en el que reinará la justicia. Por eso, queridos hermanos, durante esta espera, esfuércense para que Dios los halle sin mancha ni culpa, viviendo en paz" (2da. Pedro 3:13-14). Quizás usted, querido lector, ha pensado lo mismo que ha pasado por mi mente. ¿Es así cómo vive la gente en este mundo moderno o tal parece que a nadie le preocupa lo que pasará después de la muerte? Le confieso que esto me tiene preocupado y por tal razón es que me empeño en poner un granito de arena usando todos los medios a mi alcance.
La Sagrada Escritura nos advierte del peligro que corremos por el apego al dinero y a los tesoros materiales. Dios sabía cuáles eran nuestras inclinaciones y debilidades. En su eterno presente no se le escapa nada, ni las más ocultas ante nuestros ojos. Muy bien que sabía cuáles serían las cosas que nos serían atractivas a los sentidos y, peor aún, conocía nuestra avaricia. Por eso es que nos aconseja y nos orienta por medio de su Palabra para que no tengamos excusa cuando lleguemos a su presencia.
Sin embargo, no podemos pasar tanto tiempo en disipación, ocupados y sin horizonte, al extremo que se nos olvide cuál es y dónde está nuestro tesoro. No podemos desplazar a Dios del primer lugar, que es el que le corresponde, y dárselo a criatura alguna por más importante que ésta sea. A esto se refería Jesús cuando decía que era muy difícil a los ricos entrar en el reino de Dios. No olvidemos que el premio es para quienes dan a Dios el primer lugar que en justicia le pertenece. Puedes leer y corroborar esto en: Mateo 19:24-29. Si nuestro corazón se apega a las cosas de este mundo nos estamos arriesgando a perder las del cielo y eso, créame, es muy peligroso.
No falta quien diga que Dios es infinitamente bueno y no va a permitir eso y yo le respondo que sí lo es, pero también es infinitamente justo. Por eso es que San Lucas nos dice que tenemos que temer al que, además de quitarnos la vida, nos puede echar al infierno. "Yo les digo a ustedes, amigos míos: No teman a los que matan el cuerpo y en seguida no pueden hacer nada más. Yo les voy a mostrar a quién deben temer: tema al que, después de quitarle a uno la vida, tiene poder de echarlo al infierno; sí, yo les aseguro que a ése deben temer" (Lucas 12: 4-5). El Señor espera que le amemos de todo corazón, por eso nos invita a reflexionar más detenidamente sobre el apego desmedido que podamos tener a las cosas terrenales y al dinero. El no quiere que nos llenemos de temor en la eventualidad de estar en riesgo de perder lo poco o mucho que tengamos, sino que pongamos toda atención en los tesoros espirituales que él nos ofrece, los que nadie puede robar ni echar a perder.
Dios ha prometido darnos todo lo que necesitamos pero no lo podremos lograr hasta que confiemos plenamente en él y no en el dinero. , según Lucas 12. Existe un pasaje en la Escritura que me fascina y lo he citado en algunos de mis temas y creo no me cansaré de repetirlo. "No tenemos aquí ciudad permanente sino que vamos en busca de la futura" (Hebreos 13:14). Una cosa está bien clara en la vida de cada ser humano sobre la faz de la tierra y es que nunca encontrará la felicidad completa mientras viva en este mundo. Nadie puede decir que es enteramente feliz. A todos nos duele algo, el que no tiene una enfermedad o una condición física sufre otra cosa. La pregunta que a veces nos hacemos es: ¿Por qué tiene que ser así? La respuesta la encontramos en la Biblia empezando por el libro del Génesis. Dios creó al hombre para ser eternamente feliz pero el pecado tronchó esa felicidad. Tan sencillo como eso.
Por consiguiente tenemos un gran consejo en la misma Biblia, tenemos que esforzarnos. "Como hijos amadísimos de Dios, esfuércense por imitarlo. Sigan el camino del amor a ejemplo de Cristo que les amó a ustedes" (Efesios 5:1-2). Yo te aseguro, querido hermano y hermana, que si todos los hombres y mujeres del mundo tomaran en serio el "rol" de vivir como un buen ser cristiano, todo sería muy distinto. Todo cambiaría y este mundo no sería el infierno que es, sobre todo, en este tiempo que nos ha tocados vivir. Mi consejo para todos los hermanos que visitan nuestra página de Internet y los que leen estos artículos en la revista Alabaré es que oren sin desanimarse buscando las cosas que no se corroen y que los ladrones no las pueden robar; busquen las cosas de arriba. Recordemos que nuestro corazón estará donde esté nuestro tesoro y ese debe ser el Señor. Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Por. Hno Pascual Pérez, H.C.H.
El Señor quiere que hagamos su voluntad; este es un llamado para todos los seres humanos que Dios ha creado sin distinción de persona, raza, color, país, condición social, etc. Creo que nos pedirá cuenta de ello cuando seamos llamados a su presencia al final de nuestros días. Por eso, lo mejor que debemos hacer es tomarlo en serio y no esperar a que sea demasiado tarde. Siempre el Señor nos da la oportunidad para que entremos en el carril correcto en el caminar por la vida. Sólo tenemos que escuchar su voz amable y bondadosa.
Hace tiempo, a raíz de mi incapacidad física, me he dedicado a escribir artículos de formación cristiana y espiritualidad porque creo fue el llamado del Señor al no poder realizar otros apostolados que, como Hermano Cheo y acólito permanente, estaba autorizado a ejercer. Creí que estaba escuchando la voz del Señor y el tiempo así lo ha ido demostrando. Debemos estar listo para escuchar Su voz, sin importar de la forma que sea, porque una vez que recibamos su llamado nos pedirá cuenta si no respondemos a El. "Si alguno no escucha lo que este profeta dice de mi parte, yo mismo le pediré cuentas" (Deuteronomio 18:19). Las expresiones del Deuteronomio son en clara referencia a la forma y manera que Dios usa para hablarnos.
Cuando recibí la inspiración para escribir este tema, fue porque en las lecturas de la Santa Misa del domingo II del Tiempo Ordinario habla de esto. Y allí escribí una nota en el boletín parroquial que tenía para acordarme de las ideas que a mi mente llegaron y las quiero compartir con mis hermanos lectores. Sería bueno recodar que para escuchar la voz del Señor se tiene que tener silencio interior y no creo que con tanto ruido a nuestro alrededor podamos lograrlo tan fácilmente. Por eso es que tenemos que buscar el lugar apropiado aunque tenemos que tratar de lograrlo, también, donde quiera que estemos.
El relato que leemos en el libro de Samuel es muy interesante, claro y preciso. Vemos que Elí y Samuel estaban acostados en el templo del Señor aunque en cuartos separados pues, al Samuel escuchar la voz, corre a donde estaba Elí. Samuel creía que quien le llamaba era Elí por eso le dice: "Aquí estoy; vengo porque me has llamado" (Samuel 3:4). Vemos el buen discernimiento de Elí cuando deja que el muchacho escuche la voz que lo llamaba por tres veces. Cuando Samuel escucha la voz por tercera vez, Elí le dice lo que tiene que hacer pues se había dado cuenta que era el Señor quien lo estaba llamando. Por eso dijo al muchacho anda y acuéstate y si te llama alguien, le responde: "Habla, Yavé, que tu siervo te escucha" (Samuel 3:9). Dato curioso e interesante, Samuel no conocía al Señor y, sin embargo, Dios lo estaba llamando. De igual manera hace con nosotros aunque no lo conozcamos, El nos llama por nuestro nombre, nos bendice y nos invita a seguirlo.
Otra de las cosas que me resultan interesantes es la prontitud con que Samuel acude al escuchar la voz del Señor aunque creía que era Elí quien le llamaba. Muy obediente a las instrucciones de Elí, Samuel regresa a su lugar y se acuesta, y una vez escucha la voz nuevamente contesta como Elí le había indicado. Por medio de su Palabra y del magisterio de la Iglesia el Señor nos dice cómo hemos de responder a su llamado, pero tenemos que estar atentos para escuchar su voz. De seguro que no la podremos escuchar si seguimos la corriente del mundo que a menudo nos dice otra cosa.
La lección para nosotros cuando leemos este pasaje es muy sencilla. Cuando el Señor nos llame, por el medio que sea, usando el buen juicio y discernimiento, debemos correr para hacer su voluntad. En palabras sencillas y conocidas por todos, no podemos hacernos de oídos sordos y darle largas al asunto pues el Señor nos pedirá cuenta. Vale la pena seguir el ejemplo de Samuel y veremos los mismos resultados. "Samuel creció y Yavé estaba con él. Y todo lo que Yavé le decía, se cumplía" (Samuel 3:19).
La misma línea de reflexión nos presenta el salmista en el Salmo 39. Cuando en nosotros tiene su morada Jesús y se ha convertido en el Señor de nuestra vida, sucede lo que nos dice el salmista. Se inclina hacia nosotros, escucha nuestro clamor y pone en nuestro corazón y en nuestra boca un cántico de alabanza. Para lograr lo que nos sugiere este Salmo tenemos que decir de corazón: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad" (Salmo 39). Con admirable certeza decía San Pablo que el cuerpo no es para la fornicación porque es morada del Señor, quien nos ha comprado a un precio demasiado grande, su Sangre Preciosa. Añade San Pablo que tenemos que glorificar al Señor con todo nuestro ser, cuerpo y alma. (1ra.Cor.6:13-17-20). Hermanos, tratemos de responder al Señor cuando nos llame: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". O como dijo la Santísima Virgen María y rezamos en el Ángelus: "Yo soy la esclava del Señor, que haga en mí lo que has dicho". Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Cuando hablamos de "Ciudad Permanente" estamos hablando de la ciudad en la que todos esperamos habitar para siempre cuando lleguemos a la vida eterna; cuando el Señor nos llame a poseer lo que nos tiene prometido. En palabras de Jesucristo sería igual que "un lugar a su lado", el lugar que él nos ha prometido irnos a preparar (Juan 14:1). En algunos de mis temas he mencionado el famoso versículo de la carta a los Hebreos: "No tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos buscando la futura" (Hebreos 14:15). Cada vez que rezando con la liturgia de las horas me encuentro con este texto me detengo a reflexionar y me hace sentir que no hay tiempo que perder durante la vida. La vida es corta, muy corta, por lo que tenemos que esforzarnos para lograr la ciudadanía permanente. Me gustaría que todos los que lean estos artículos y aquellos con quienes comparto en mi apostolado sean eternamente felices; es por eso que insisto en esta línea de pensamiento.
No únicamente en la carta a los Hebreos se nos habla de esta ciudadanía, son muchos los lugares en los que podemos encontrar esto mismo aunque con diferentes palabras. Encontramos Salmos completos que tratan de este tema en los cuales el Señor nos anima a desearla y a buscarla hasta conseguirla. Está demás preguntarte si te interesaría a ti también, pues de ello no me cabe la menor duda.
El mensaje de la carta a los Hebreos nos debe llenar de gozo, alegría y sobre todo de gran esperanza. Son palabras amorosas de un Padre amoroso y tierno: "Por eso no pierdan ahora su resolución que tendrá una recompensa grande. Solamente sean constantes, y después de haber cumplido la voluntad de Dios, ustedes alcanzarán lo que él prometió" (Hebreos 10:35-36). Realmente no tengo palabras para añadir a esto que es tan consolador para los cristianos. Como dicen por ahí, más claro no canta un gallo.
La vida no es fácil ni color de rosas; es, como dice en la Salve, un valle de lágrimas. Tenemos mucho más sufrimiento que ratos de gozo. Por eso, y para bien de mis amados lectores, dediqué un tema muy específico sobre el sufrimiento. La Primera Carta de San Pedro aporta a lo que quiero decir y añade que debemos sentirnos felices cuando nos toque padecer: "Y, ¿quien les podrá hacer daño si ustedes se afanan en hacer el bien? Por lo demás, felices ustedes cuando sufran por la justicia; no teman sus amenazas ni se turben" (1ra. De Pedro 3:13-14). Por si fuera poco, los Salmos están repletos de expresiones que nos animan a buscar la ciudad eterna, uno de estos es el Salmo 83: "Que amable es tu morada, Oh, Señor de los ejércitos. Mi alma suspira y sufre por estar en tus atrios. Mi corazón y mi carne lanzan gritos en anhelo de ver al Dios viviente" (Salmo 83: 1-2).
Es para mí de gran alegría y regocijo cuando leo el texto, claro y sencillo, que aparece en la carta a los Colosenses. "Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, ustedes también vendrán a la luz con él, y tendrán parte en su gloria" (Colosenses 3:4). Ahora, hermanos, para no tener que escribir aquí todo lo bello y hermoso de esta carta les invito a que la lean con detenimiento y en su totalidad. Busquemos las cosas de arriba, pónganse el vestido nuevo, dejen su manera de vivir si ésta no está conforme a la voluntad de Dios.
Tenemos que tratar de vivir agradando al Señor, esto es muy importante. Los invito a dar un paseo por la carta a los Efesios, allí encontraremos el alimento espiritual que nos hace falta. "Ustedes saben que tienen que dejar su manera anterior de vivir, el "hombre viejo" cuyos deseos falsos llevan a su propia destrucción. Han de renovarse en lo mas profundo de su mente por la acción del Espíritu; para revestirse del hombre nuevo" (Efesios 4:22-2). Creo no estar tan desacertado en lo que vengo insistiendo pues el Señor en su Palabra me hace ver que estoy en lo correcto. El quiere que estemos ocupados trabajando y luchando por conseguir la ciudad permanente. La invitación que nos hace el preso por Cristo es de vivir de acuerdo con la vocación que hemos recibido, siendo amables, pacientes y soportándonos unos a otros. Esta es nuestra vocación" (Efesios 4: 1-2).
Por si alguien tiene duda de que no tenemos aquí ciudad permanente, podemos acudir a las expresiones del mismo Jesús en boca de San Juan el evangelista, el discípulo amado: "No se turben. Ustedes confíen en Dios. Confíen también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no fuera así, ¿Les habría dicho que me voy allá a prepararles un lugar? Volveré a buscarlos para que donde yo estoy estén también ustedes" (Juan 14 1-3). En otro lugar nos dice el mismo evangelista: "Te ruego por todos aquellos que me has dado: y quiero que allí donde yo estoy estén también conmigo" (Juan 17:24). Más claro no lo podemos encontrar en ningún escrito y mucho menos con la misma autoridad. La autoridad y la veracidad del mismo Dios. Que Dios te ilumine y te bendiga.
Por Hno. Pascual Pérez H.Ch.
Podemos ver una gran similitud entre el madero que usara Moisés para levantar la serpiente de bronce y el madero de la cruz en el que fue clavado Jesús y levantado en el Gólgota. El primero tenía una razón de ser muy importante para los israelitas quienes culpaban a Moisés y a Dios por la muerte de aquellos que eran picados por las víboras venenosas. Ante la súplica del pueblo desesperado Dios dijo a Moisés que construyera una serpiente de bronce, la pusiera en un madero y la levantara en alto para que todos la vieran. Luego, todos los que eran picados por la serpiente venenosa y miraban a la serpiente de bronce no morían y eran sanados. "Entonces Yavé mandó contra el pueblo serpientes, de las llamadas "ardientes", que los mordían, y murió mucha gente de Israel. El pueblo fue donde Moisés y le dijo: "Hemos pecado por hablar contra Yavé y contra ti. Pide a Yavé que aleje de nosotros las serpientes". "Moisés habló por el pueblo y Yavé le respondió "Has una serpiente de bronce, ponla en un palo y todo el que la mire sanara." Moisés así lo hizo. Si alguno era mordido, miraba a la serpiente de bronce, y no moría" (Números 21: 6-7).
De igual modo, siglos más tarde, Jesús habla de esto a Nicodemo. El efecto sanador y salvador se hace realidad cuando Jesús es levantado en el madero de la cruz en el calvario. Fue levantado en el madero de la cruz para que todo el que lo mire, crea, confíe en El y lo siga, sea sanado de la picada venenosa de la serpiente maligna. Fue clavado y levantado para sanarnos de la picada mortal del pecado. El veneno del pecado sólo podía curarse con la sangre redentora de Jesús.
A todos se nos ha dado este gran remedio para curar tan horrible infección adquirida por el pecado. Sabemos que el veneno es sumamente potente y mortal pero pierde toda su eficacia cuando miramos con fe a la cruz en la que Cristo padeció y murió, radicando de raíz el pecado y sus consecuencias.
Por eso es que el evangelista San Juan nos dice que tenemos una gran esperanza si miramos a la cruz de Cristo. "Así como moisés levantó la serpiente en el desierto, así también es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado en alto, para que todo aquel que crea en EL tenga la vida eterna" (Juan 3:14-15). La Cuaresma es un tiempo muy especial para recibir gracias y bendiciones cuando miramos a la cruz y contemplamos su gloria. Tenemos que contemplar en ella la generosa donación del Salvador al derramar su sangre preciosa para nuestra salud, por nuestra salvación. Esto sólo sería posible cuando el amor es de un valor infinito y ese es el amor de Dios. "No hay amor mas grande que este: Dar la vida por sus amigos" (Juan 15:13).
En la Santa Cuaresma la Iglesia nos exhorta a practicar la oración personal, el ayuno y la limosna porque por medio estas tres prácticas podemos mantener la atención fija en Jesús. Recordemos lo que decíamos al principio de los israelitas, ellos miraban fijamente a la serpiente de bronce y obtenían la salud. De igual manera, si nosotros mantenemos nuestra mirada fija en Jesús obtendremos su perdón y tendrá misericordia de nosotros.
Te invito a que compartas, activamente, con la comunidad parroquial en todos los actos piadosos y participes de los retiros, vía crucis, adoración del Santísimo, actos penitenciales y sobretodo, la Santa Misa. Vive tu cuaresma y aprovéchala al máximo. No sabes si tendrás otra cuaresma en tu vida. Sólo Dios sabe si ésta será la última cuaresma en la que puedas entregarle tu vida y hacer su voluntad. Prepárate para una gloriosa resurrección con Cristo. Cuando llegue la Semana Mayor, la Semana Santa, puedas celebrar el Triduo Pascual como lo hacía nuestro beato Carlos Manuel.
Que la Cena del Señor sea un banquete con Jesús recibiéndole con mucho amor, con entrega y donación recíproca. Jesús se dio para que tu y yo nos demos porque fuimos creados para la vida, no para la muerte. Que el Viernes Santo sea un morir al pecado para siempre porque hemos sido lavados con la Sangre del Cordero. Que el Sábado de Santo recibamos la Palabra inspiradora y la fortaleza para caminar el camino de la vida y que el Domingo de la Resurrección podamos resucitar con Cristo para siempre. Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Vivir para Dios o vivir para nosotros mismos es de lo que estoy hablando. Tan sencillo como eso. Jesús ha dicho que hay dos caminos a seguir, el del bien o el del mal, más importante aún nos dice que estamos con él o contra él. Por otro lado, todos debemos saber que nuestra vida aquí en la tierra tiene uno de dos destinos, el cielo o el infierno, realidad que depende de nosotros en su totalidad si cooperamos con la Gracia Divina. Como es lógico, debemos escoger el camino de la vida, el camino de Dios y no el de nosotros que se presta a una grave equivocación. No vale la pena vivir con tanto sacrificio toda una vida entera para que a la postre todo esté perdido. Dios, en su infinita misericordia, nos ha alertado por su Palabra Encarnada y su Evangelio. La Escritura nos enseña cómo hemos de escoger el camino que seguiremos hacia la vida eterna y nos dice que para lograrlo tenemos que dejarnos guiar por el Espíritu Santo.
Un ejemplo puede darnos luz al respecto. Cuando nos proponemos comprar algo, sobretodo si es de valor, nos fijamos bien antes de seleccionarlo e invertir nuestro dinero. Tomamos estas medidas para que después no tengamos que arrepentirnos. En la vida espiritual sucede lo mismo si no tenemos buen discernimiento en fijar nuestra mirada en el Señor, podemos tomar el camino equivocado. Muy fácilmente podemos vivir para nosotros mismos en vez de vivir para Dios y pasarnos toda la vida separados de él. Sería muy lamentable.
Vivir para Dios o vivir para nosotros mismos, separados de Dios, es cosa nuestra, decisión personal de cada uno. Todos sabemos que hay dos caminos pero solamente uno nos lleva a la vida eterna y Jesús se autoproclama ser ese Camino, y añade que es también Verdad y Vida (Juan 14:6). Por eso me reitero en que sabemos el camino y por lo tanto no podemos vivir para nosotros mismos. Los invito a fijarse en lo que dice el evangelista San Lucas, quien hace mención de algo muy importante en cuanto a la decisión que tenemos que tomar en el caminar de la vida (Lucas 6:20-24). No cabe duda que el camino de la vida del que habla el Señor es bien claro, pero algo difícil de seguir y cumplir. Son dos aspectos que tenemos que tener en cuenta, por lo que tenemos que preocuparnos por cultivar nuestra vida espiritual.
Por otro lado no podemos desatender el compromiso humano, o sea, lo que nos compromete con nuestros hermanos. En este contexto Jesús nos recuerda a aquellos más necesitados de nuestro amor y caridad. Los pobres, los enfermos, los marginados, los que a los ojos del mundo valen muy poco o nada. El Señor no quiere que perdamos de vista esta realidad; para ello nos mantiene alerta con muchos y diferentes recordatorios. ¿Que tal si le damos un vistazo a algunos de ellos? "Cuando te halles en la abundancia acuérdate de los días de escasez, cuando rico, piensa en la pobreza y la miseria" (Eclesiástico 18:25). "Felices los que tienen espíritu de pobre porque de ellos es el reino de los cielos" (Mateo5:3). "Al contrario, cuando ofrezcas un banquete, invita a los pobres, a los inválidos, a los cojos, a los ciegos, y serás feliz porque ellos no tienen con qué pagarte" (Lucas 14:13-14).
Si queremos alcanzar la vida eterna hemos de escoger entre las dos alternativas. Aunque parezca que es de lo más fácil escoger el camino que lleva a la vida, en realidad no es así. Será algo difícil porque tendremos que enfrentar las consecuencias. Tenemos que cambiar nuestra manera de vivir, las del hombre viejo por las del hombre nuevo, como nos dice San Pablo: "Ustedes saben que tienen que dejar su manera anterior de vivir, el "hombre viejo" cuyos deseos falsos llevan a su propia destrucción" (Juan 4:22). Nos veremos obligados a cambiar nuestras prioridades y decisiones diarias. No debemos desalentarnos porque gracias al bautismo, la confirmación y la fe ya estamos unidos a Jesús que resucitó para derrotar el pecado, la muerte y a su autor, Satanás (1ra Carta a los Corintios 15:20).
No tengamos la menor duda que, los que hemos sido bautizados en la muerte y resurrección de Jesús, seremos partícipes de su mismo poder que nos da fuerzas para seguir el camino de la vida. Cristo subió al cielo para prepararnos el lugar para que estemos con El al lado del Padre. "Después que yo haya ido a prepararles un lugar, volveré a buscarlos para que donde yo estoy, estén también ustedes" (Juan 14:3). Así como la muerte nos vino por un hombre, también la vida nos vino por medio de otro hombre. 1ra. Cor. 15:21-22. He repetido algunos textos de la Escritura en mis últimas reflexiones con la esperanza de que se nos grabe en la mente y en el corazón que somos porque El es, sin El no podemos hacer nada y con El lo podemos todo. Vivamos en el Señor Resucitado y Glorioso. Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch
Una verdad que nos hace pensar pero que nos produce alegría cuando meditamos en ella es que a Dios nadie lo ha visto. Más aún, dice su Palabra que no podemos ver a Dios con este cuerpo mortal pues moriríamos. Cuando Moisés decide acercarse para ver la zarza ardiendo y Dios le habla se tapa la cara porque tuvo miedo. "Yahvé vio que Moisés se acercaba para mirar, y Dios lo llamó de en medio de la zarza; "Moisés, Moisés". El respondió: "Aquí estoy". Yahvé le dijo: "No te acerques más. Sácate tus sandalias porque el lugar que pisas es tierra sagrada" (Éxodo 3: 4-5). Moisés lo escucha pero no lo ve. Jesús nos dice que quien le ha visto a El, ha visto al Padre. Esta es la forma camuflajeada en que podemos ver a Dios. Juan nos presenta esta realidad en el capítulo 10 de su evangelio: "Yo y mi Padre somos uno mismo" (Juan 10:30); y más adelante en el mismo capítulo se reafirma en su deidad: "Sepan de una vez y por todas que el Padre está en mí y yo estoy en el Padre" (Juan 10: 38).
Como hemos visto a Jesús y tenemos su Palabra que nos habla del Padre, debemos poner mucho empeño en algún día poder ver el rostro del Padre. Estoy seguro que lo lograremos si aprovechamos bien los días de nuestra vida aquí en la tierra haciendo su divina voluntad. Pero lo que me inspiró a escribir sobre este tema fue lo que leía y meditaba durante el rezo matutino en los Laudes del lunes de la II semana de la Liturgia de las Horas. Es sumamente importante que tengamos hambre y sed del Señor y que aprendamos a verlo en todas las cosas. Más importante todavía es que lo veamos con los ojos de la fe en cada una de las cosas más insignificantes a nuestro alrededor.
En el himno que se recita ese lunes se puede ver a Dios a nuestro lado, muy cerca de nosotros. "De mañana te busco, hecho luz concreta, de espacio puro y tierra amanecida. El árbol toma cuerpo, y el agua melodía; tus manos son recientes en la rosa; se espesa la abundancia a mediodía y estás de corazón en cada cosa" (Himno Laudes II semana). Creo que esto nos debe hacer mirar hacia arriba, como tratando de ver el rostro de Dios, lo podemos ver a nuestro lado, de frente, hacia atrás y allí donde fijemos nuestros ojos. Si miramos a nuestros hermanos y a toda la creación, vemos a Dios. Eso es lo que nos dice el himno que hemos citado.
Para que lo entendamos mejor, nuevamente hago referencia al Himno de Laudes citado. "No hay brisa si no alientas, monte, sino estás dentro, ni soledad en que no te hagas fuerte. Todo es presencia y gracia; vivir en este encuentro; tú por la paz y el hombre por la muerte" (Himno II semana Liturgia de las Horas). Por eso es que durante nuestro peregrinar por este mundo anhelamos el encuentro con el Señor. "No tenemos aquí ciudad permanente sino que vamos buscando la futura" (Hebreos 13:14). Jesús nos ha dicho que nos llevará a la casa del Padre pero antes quiso ir a prepararnos el lugar; una vez nos haya preparado el lugar vendrá por nosotros. Es su promesa (Juan 14:3-4). Tal parece que nosotros no le creemos al Señor y por eso caminamos por otro rumbo. No hacemos nuestras las promesas de Jesús. Una de ellas se encuentra el libro del Apocalipsis. "El que tenga sed y quiera, que venga a beber del agua de la vida" (Ap. 22:17).
Me gustaría que siguiéramos los consejos del salmista en el Salmo 41. Este Salmo nos inyecta una dosis de deseos profundos y ansias de conocer a Dios. Nos invita a tener plena confianza en él y a saber que viene a nuestra ayuda cuando lo invocamos. (v. 1-2). El salmista nos recuerda que seremos muy felices si ponemos toda nuestra esperanza en el Señor (v. 5). Como si fuera poco nos dice la importancia de hacer su voluntad como reiteradamente nos dice la Palabra (v. 10). Vivamos tratando y luchando por llegar a vivir con nuestro buen Padre Dios para siempre y por toda la eternidad (Salmo 42:1). Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Sí" de MaríaPor: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Era el día de la Anunciación, una de las fiestas más importantes que celebra la Iglesia Católica y que juega un papel muy importante en la Historia de la Salvación. Mientras oraba y hacía la meditación, siento en mi corazón que debía escribir sobre ese tema el "Sí" de María. Quizás para algunos no tiene importancia, pero la verdad es que sin ese acontecimiento no tendríamos redención porque no se habría encarnado el Salvador. El Dios encarnado se hace realidad en la persona de Jesucristo porque María dijo "sí". A ella debemos ese milagro que el Eterno Padre quiso regalar a la humanidad, su Hijo Amado. A lo mejor pensamos que María estaba obligada a decir "sí" cuando el Ángel le anuncia que sería la Madre del Salvador. Claro que no. Ella era libre para aceptar o no el anuncio del Ángel, tenía total libertad para decir no y de así hacerlo no estaba cometiendo pecado alguno. Pero, como ella era una mujer buena y conocedora de la Palabra de Dios, no tuvo reparo alguno una vez el Ángel le explicó cómo sería ese acontecimiento. En el amoroso plan de salvación, el Padre decide enviar a su Hijo al mundo, ella recibe el anuncio y no se niega ni tiene la menor duda en aceptarlo. Mujer de fe, mujer de oración y en oración.
Entre las muchas veces que encontramos, en la Sagrada Escritura, un sí al Señor, se distingue sobremanera el sí de Jesucristo. El acepta la pasión, crucifixión y muerte porque esa era la voluntad del Padre. "Padre, si quieres pasa de mi este cáliz pero no se haga mi voluntad sino la tuya" (Mateo 26:39). Aunque Jesús, humanamente hablando, prefería no tener que tomar el cáliz, prefiere que se haga la voluntad de su Padre.
El "sí" de María nos compromete a todos y todos estamos llamados a decir sí con ella y como ella. En la historia de la salvación ese sí es el más importante pues de él depende el "sí" de Jesús en el plan de la encarnación. De la misma manera nosotros estamos llamados a decir sí a nuestro Salvador para que se cumpla en nosotros la total voluntad del Señor en el misterioso plan de Salvación. Debemos unir nuestro sí al sí de María como lo hicieron los primeros cristianos empezando por los apóstoles, mártires y santos de la historia.
Ante todo, quisiera traer al recuerdo de los lectores unos que dieron su sí al Señor en los tiempos modernos y más aún en nuestra tierra. Para mencionar algunos podemos citar al Padre Pío de Pietrelcina y si conocemos su trayectoria sabemos cuánto le costó sufrir por decir sí al Señor. No vayamos muy lejos, encontramos algunos hombres y mujeres desprendidos y sacrificados en nuestro suelo puertorriqueño. El sí de Charlie, nuestro primer beato puertorriqueño, orgullo de esta patria. El sí de Sor Isolina Ferré a quien le debemos tanto en favor de nuestros niños. El sí de Madre Dominga Guzmán, OP, fundadora de las Hermanas Dominicas de Fátima, establecidas, por designio divino en el pueblo de Guánica donde tienen su Casa Madre y Noviciado. Como regalo del Señor tienen la aprobación de la Santa Sede y han llevado su apostolado y conventos a otros países. No podemos pasar por alto el sí de un gran profeta de los últimos tiempos, el Santo Padre Juan Pablo II, testimonio vivo para toda la humanidad. Todos ellos dieron un sí al Señor como María y con María, la mujer más grande que ha pisado la tierra. Dieron el consentimiento para que el Señor pudiera hacer en ellos y por ellos grandes cosas. "Dijo María: yo soy la esclava del Señor, que haga en mí lo que has dicho" (Lucas 1:38).
De no decir sí al Señor corremos el grave peligro de la eterna condenación, pues Jesús ha dicho: "El que no está conmigo está contra mí" (Juan 15:5). Además, nos invita a seguirle y el serle fiel es el llamado de todo cristiano. Si nos fijamos en la Sagrada Escritura, en el Viejo Testamento, encontramos muchos personajes que dieron un gran sí a Dios de manera admirable. Ejemplo de ello es el sí de Abrahán a quien se le llama Padre de la fe. Moisés, que fue obediente y a quien Dios le encomienda guiar a su pueblo hacia la tierra prometida. El sí de los profetas, a quienes les debemos la revelación de Dios a través de los libros sagrados. Un sí que sobresale de manera espectacular es el de San Pablo quien dijo: "Señor, que quieres de mí" y Jesús lo hace apóstol de los gentiles y le fue fiel hasta la muerte.
Si yo no hubiese dicho sí al Señor cuando me llamó a los Hermanos Cheos, la Renovación Carismática Católica no hubiese tenido la dirección y pastoreo a sus inicios, cuando el párroco de la Iglesia de San Carlos Borromeo de Aguadilla me pidió que la atendiera. Tampoco tendríamos cinco páginas en el Internet operando para el mundo entero y las enseñanzas que por su inspiración, poco a poco, voy escribiendo. A El la gloria, honor y alabanza. Que el Señor te ilumine y te bendiga.
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Para el año 1973 recibí la encomienda de dirigir la Renovación Carismática Católica en la Parroquia San Carlos Borromeo de Aguadilla. Realizamos diferentes trabajos de apostolado con la Renovación y ayudando a otros grupos de la parroquia, destacándonos por la organización de grandes retiros espirituales y de formación a todos los niveles. Realizamos muchos retiros para jóvenes y para matrimonios, los cuales fueron grandemente bendecidos por el Señor. Los frutos y testimonios dieron fe de ello. En una ocasión sentí el deseo de dar un retiro con especial interés de llevar a la gente a una relación personal con el Señor. Comuniqué la idea a los hermanos del equipo de servidores quienes en oración confirmaron mi inquietud. Le puse por título "La Perla Preciosa", repartí los temas y dimos el retiro. Para la gloria del Señor fue algo maravilloso.
De nuevo, en mi oración y lectura diaria, surge la misma idea o inquietud pero a diferencia de aquel retiro, me pareció sería bueno preparar una reflexión sobre el mismo tema pero con un nuevo enfoque. Creo que es muy importante que les presente la base bíblica para que podamos entender mejor lo que quiero expresar. "También, el Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, si el hombre lo descubre, vende cuanto tiene y compra el campo. Además, el Reino de los Cielos es semejante a un comerciante que busca perlas finas. Si llega a sus manos una perla de gran valor, vende cuanto tiene, y la compra" (Mateo 13: 44-46).
Siempre hemos escuchado que el relato de la "Perla Preciosa" es atribuido a la figura de Jesús, y esto está muy bien, pero qué tal si ahora yo te digo que la perla preciosa, para el Señor Jesús, eres tú. A lo mejor no me vas a creer o tendrás grandes recelos de aceptar mi aseveración. Ahora bien, invirtamos los papeles y veamos que sí tiene lógica creer que la perla preciosa erres tú. Es verdad que Jesús es la piedra angular, el tesoro del Padre, el Hijo amado y nosotros tenemos que buscarlo, encontrarlo y entregarle nuestra vida. Y no podemos olvidar que Jesús es el Señor, el "Kyrios". Pero, ¿se le ha ocurrido pensar que usted es el tesoro escondido y que Jesús es el que lo encontró? Para que lo entendamos mejor vayamos al Génesis y veamos que Dios nos creó a su imagen y semejanza; nos creó con amor y por amor para que fuésemos eternamente felices. Vemos que Dios ubica al hombre en el Edén, el Paraíso Terrenal, sin pecado ni mancha alguna.
Ahora bien, el hombre cae en desobediencia, pecó y pierde la gracia de Dios y es desterrado del Paraíso. El hombre está perdido y separado de Dios. Nosotros, al igual que el tesoro escondido, estábamos cubiertos de pecado y oscuridad. Pero Jesús, nuestro Salvador, nos encontró y se desprendió de todas las riquezas de su gloria al lado del Padre para rescatarnos y sacarnos del pecado y hacernos suyos para regresarnos a nuestro Padre Creador. Podemos decir como en la parábola del hijo pródigo: "una vez nos encuentra nos da su perdón, nos abraza y nos regresa a la casa del Padre". "Partió, pues de vuelta donde su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión, corrió a echarse a su cuello y lo abrazó. Entonces el hijo le dijo: Padre, pequé contra Dios y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo" (Lucas 15: 20-21). Todo lo hizo por amor a nosotros, las perlas preciosas del Señor. "Sí, tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo Único, para que todo el que crea en El no se pierda, sino que tenga Vida Eterna" (Juan 3:16). Cuando estábamos enterrados en la tierra de nuestros pecados, éramos fríos y duros de corazón dando la espalda a Dios, Jesús nos miró y vio un tesoro de valor incalculable que el Padre había creado. El Señor ve la bondad que El mismo creó y ve nuestras necesidades que le llenan de compasión.
A nosotros nos corresponde aceptar el amor misericordioso de Dios; un amor que nos invita a tomar el camino de la Santidad y que desea concedernos todo lo que es justo, bueno y honorable. Por eso nos llama para purificarnos con el agua del Espíritu y el fuego de su amor. Por lo antes dicho es que pretendo hacerles entender que somos la perla preciosa que Cristo compró con su preciosa sangre derramada en la cruz del Calvario y en su infinito amor, por su pasión, muerte y resurrección nos restituyó el regreso a la casa paterna. Que el Señor te ilumine y te bendiga.